Las de mi clase son mujeres. Pertenezco a la clase "mujeres", de ahí no se desprende ninguna rama, por muy tecnicista que suene. Los diccionarios son los que mejor lo explican. (Cítese: mujer).
Para hilar la palabra "promesa", cítese en el mismo diccionario, "romper".
Si necesita usar un insulto respectivo, cierre el diccionario y mire hacia si mismo para encontrar la palabra perfecta.
A veces el rosa lo veo plomo, y otras veces el violeta lo veo verde menta. Cuando giro la cabeza hacia la derecha no puedo distinguir colores, es entonces cuando pierdo el conocimiento y despierto siempre 3 horas después en la misma sala de espera con dos helechos de adorno y una ventana grande y psicóticamente limpia. Regreso a casa a pie para no darle gusto a los mareos y a las náuseas, que en caso de presentarlas, me levanto y camino rapidamente por toda la sala para calmarme. Se me ocurre voltear hacia mi cama y puedo ver los colores más bellos que jamás imaginarías, todos en blanco y negro. Tanta belleza me nubla, así que duermo y sueño con aquella sala de espera, pero en el sueño solo aparece un helecho sin fotocopia y la ventana sigue igual de limpia. Me bebo el agua que cae por debajo del helecho y me doy cuenta que no dormía. A través de la ventana puedo ver siluetas blanquinegras y luces totalmente blancas. Almenos eso parecen.
martes, 12 de mayo de 2009
Caminan por las calles intentado cortar el pelo de los transeúntes distraídos, opacados y translúcidos. De los más distanciados de la realidad, de los más cercanos a su propia atmósfera cerebral. Cortan el pelo por puro placer y desdén, cortan el pelo por una tendencia lujuriosa de comer hamburguesas sucias, por arruinar el peinado de la gente también, y por pura convicción política. Solo sé que por dentro se sienten como perros enjaulados con grandes dientes o como perros flautistas sin flautas.
Si acaso estuve triste, la alegría de Jet Li logró agitar en mi interior cierta paz que por el momento me mantuvo serena. Ya no puedo mirar más fotos, ni tomarlas, ni imaginar un cuento sobre el cuarto oscuro de un fotógrafo. Me siento como aquel anciano traumado y solitario que trabajaba en los revelados instantáneos, cuya puntual finalidad era congregar una familia de amor... amor... qué palabra tan melosa y asfixiante. Ya no puedo ver con los ojos de antes. El amor murió, si algún día existió. Me dan asco las canciones, las risas, la alegre bulla. Me dan asco los abrazos y los besos, y nuevamente las fotos. Se extingue un abominable hombre dentro de mi. Ese que me hacía ser fuerte pero torpe unas veces, agil y lerda en otras. En vez de amor, solo queda en el mundo muchos perfumes exóticos y cremas hidratantes para cultivar el espíritu.
De doble hebra, quebradizo y de color oscuro. Definitivamente, era de una mujer. Talvez la mujer que deshilachó el pollo, talvez la hija de aquella. Arcadas profundas, temor de asco y temor de pensar en el asco. Preferimos caminar más despacio y contemplar los basurales con mirada paternal.
Era solamente un mito pensar que a los conejos les gusta comer rosas. Me lo contaron un día tras otro y yo solo pensaba que era pura coincidencia, que a cualquier animalillo le gustaría probar unos cuantos pétalos de rosas porque son bonitos y deben ser sabrosos. Pero el mito se develó cuando por fin, después de tanto indagar, descubrí que las rosas poseen una sustancia especial en su composición que favorece a cierta especie de mitocondrias pertenecientes a la estructura celular de los conejos. Estas mitocondrias, denominadas Rosessae Cuprini al unirse con la sustancia especial de la rosa (cuyo nombre aún no deciden los científicos) favorece al crecimiento del roedor en cuestión, el cual dista de un desarrollo normal para ser totalmente exagerado y fuera de lugar. Se han deportado conejos de hasta metro y medio de alto. Muchos poblados dedicados a la crianza de conejos y al cultivo de rosas, han llegado a pensar que animales de esta complexión no pueden ser más que un cruce de burro, o tal vez un caso de posesión demoníaca, para no abandonar el lado místico del asunto. Lo que ignoran estos pobladores es que todo se debe básicamente a una sobreingesta de pétalos de rosas. Hay quienes afirman haber probado la carne de los "conejos gigantes" o "burriconejos", como suelen llamarles. Ellos revelan que la carne de estos animales es muy apetitosa y de buen gusto por lo que podría convertirse en la favorita de muchas mesas a nivel nacional. El único hecho lamentable es que esta carne es tan alta en proteínas, vitaminas y minerales que podría causar intoxicación a cualquier persona que consuma más de 50 gramos diarios, pero en vista de ser tan deliciosa y abundante las personas que la probaron han terminado falleciendo a causa de accidente cerebrovascular.
La jaula que sirve para encerrar a determinado animal es llamada "metro" debido a que siendo la medida de cada lado un metro, coincide con las medidas proporcionales exactas de dicho animal. Es una jaula muy cómoda a veces, relajante podría decirse, a juzgar por la mirada placentera del animal. Otras tantas es incómoda y hasta da la impresión de ser demasiado pequeña. La insignificante bestia se mueve, se estira, retoza, vuelve la mirada inquieta y desesperada, las uñas locas por destrozar todo, incluso sus propios órganos. Después reflexiona, mira con desdén, recibe el alimento balanceado que su dueño le proporciona y asevera, cuando yo le pregunto, que el mundo se parece mucho a su jaula.
Ya ningún dinosaurio me sorprende. Todos tan volátiles, tan arcaicos y modernos. Sus dientes parecían enjaular polvo, morder raíces añejas y estériles.
Ellos vienen en grupo y yo no me muevo.
Parece mentira, pero mientras más quieta estoy, más amigables se ven.
Parece mentira, pero me quedo quieta y sonrío, y ellos huyen por la ventana.
Se cogen de la cola formando una gran cadena.
Se trasladan a otro planeta.
Esa era mi teoría.
Los dinosaurios se extinguieron porque volaron, unidos de la cola, hacia otro planeta.