Si acaso estuve triste, la alegría de Jet Li logró agitar en mi interior cierta paz que por el momento me mantuvo serena. Ya no puedo mirar más fotos, ni tomarlas, ni imaginar un cuento sobre el cuarto oscuro de un fotógrafo. Me siento como aquel anciano traumado y solitario que trabajaba en los revelados instantáneos, cuya puntual finalidad era congregar una familia de amor... amor... qué palabra tan melosa y asfixiante. Ya no puedo ver con los ojos de antes. El amor murió, si algún día existió. Me dan asco las canciones, las risas, la alegre bulla. Me dan asco los abrazos y los besos, y nuevamente las fotos. Se extingue un abominable hombre dentro de mi. Ese que me hacía ser fuerte pero torpe unas veces, agil y lerda en otras. En vez de amor, solo queda en el mundo muchos perfumes exóticos y cremas hidratantes para cultivar el espíritu.